viernes, 7 de diciembre de 2012

Balompié: el triste viaje del placer al deber #3


Hungría c.1923 by Martin Munkacsi

El arquero


También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero
o guardavallas, pero bien podría ser llamado
mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas.
Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped.
Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos.
Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los
tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como
el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo
y el arquero consuela su soledad con fantasías de
colores.
Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan.
El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el
guardameta, el aguafiestas, las deshace.
Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar?
Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa.
Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador
cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo
dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad
de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde,
es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos,
expiando los pecados ajenos.
Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez
o muchas veces, pero se redimen mediante una finta
espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él
no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso?
¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda
los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta
arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces
el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo
condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo
perseguirá la maldición.
 
El arquero de El fútbol a sol y sombra by Eduardo Galeano

 


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