sábado, 30 de junio de 2012

Cinegrafía #4: El ganador

1931
Hanwell
El ganador
Carlitos el Vagabundo visita la escuela Hanwell. Camina en una pierna, como patinando; se retuerce la oreja y de la oreja salta un chorro de agua. Centenares de niños, huérfanos, pobres o abandonados, ríen a carcajadas.
Hace treinta y cinco años, Charles Chaplin era uno de estos niños. Ahora reconoce la silla donde se sentaba y el rincón del lúgubre gimnasio donde fue castigado con vara de abedul. Cuando huía a Londres, en aquellos tiempos, humeaban en los escaparates las chuletas de cerdo y las doradas papas empapadas en jugo de carne: la nariz de Chaplin recuerda todavía aquel aroma que atravesaba los cristales para burlarse de él. Y en su memoria han quedado grabados los precios de otros manjares imposibles: una taza de té, medio penique; una ración de arenque, un penique; un pastel, dos peniques.
Hace veinte años se fue de Inglaterra en un barco de ganado y ahora ha vuelto convertido en el hombre más famoso del mundo. Como sombra lo sigue una nube de periodistas y vaya donde vaya encuentra multitudes ansiosas por verlo y tocarlo. Puede hacer lo que quiera. En plena euforia del cine sonoro, sus películas mudas tienen un éxito arrasador. Y puede gastar lo que quiera —aunque nunca quiere. En las películas, Carlitos el Vagabundo, pobre hoja al viento, ignora el dinero; pero en la realidad, Charles Chaplin, que transpira millones, cuida los centavos y es incapaz de mirar un cuadro sin calcularle el precio. Jamás le ocurrirá lo que a Buster Keaton, hombre de bolsillo abierto, a quien se le vuela todo lo que gana.

El siglo del viento. Eduardo Galeano

Charles Chaplin by Witzel

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