jueves, 28 de junio de 2012

Turing: abriendo el camino a la inteligencia artificial


El papá de las computadoras

Por no ser macho, lo que se dice macho, hombre de pelo en pecho, Alan Turing fue condenado.
Él chillaba, graznaba, tartamudeaba. Usaba una vieja corbata a modo de cinturón. Dormía poco y

pasaba días sin afeitarse y corriendo atravesaba las ciudades de punta a punta, mientras

mentalmente iba elaborando complicadas fórmulas matemáticas.

Trabajando para la inteligencia británica, unos años atrás, había ayudado a abreviar la segunda
guerra mundial cuando inventó la máquina capaz de descifrar los indescifrables códigos del alto
mando militar de Alemania.
Para entonces, ya había imaginado un prototipo de computadora electrónica y había echado las

bases teóricas de la informática moderna.

Después, dirigió la construcción de la primera computadora que operó con programas integrados.
Con ella jugaba interminables partidas de ajedrez y le formulaba preguntas que la volvían loca y le
exigía que le escribiera cartas de amor. La máquina obedecía emitiendo mensajes más bien
incoherentes.
Pero fueron policías de carne y hueso los que en 1952 se lo llevaron preso, en Manchester, por

indecencia grave.

Sometido a juicio, Turing se declaró culpable de homosexualidad.
Para que lo dejaran libre, aceptó someterse a un tratamiento de curación.

El bombardeo de drogas lo dejó impotente. Le crecieron tetas. Se encerró.
Ya no iba ni a la universidad. Escuchaba murmullos, sentía miradas que lo

fusilaban por la espalda.
Antes de dormir, era costumbre, comía una manzana.

Una noche, inyectó cianuro en la manzana que iba a comer.


Espejos. Una historia casi universal. Eduardo Galeano


Fotógrafo desconocido



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